(Imágenes del capítulo anterior)

Semana #179: un hombre barbudo, con el bronceado de cien Julio Iglesias, luciendo un vestido de flores amarillas y parado a metros de la ex frase ACA ES_OY MI AM_R, se pregunta, al mismo tiempo que se lanza al espacio el primer satélite para el sistema GPS, dónde cazzo está. Qué lindo sería poder decirle a Dulcinea “pasame a buscar por latitud 10°05′S, longitud 152°54′O”. Qué afortunados los que se pueden dar el lujo de apretar un botón y descubrir su posición, con una precisión de 4 metros. Qué injusticia, y con esto voy cerrando, que haya gente que arriesgue su vida desinteresadamente intentando llegar navegando a una isla, con las ganas que él tiene de salir de otra. Astor sabe, y no tiene problemas en admitirlo, que si no fuera por el GPS él no llegaría a ningún lado. Lo siente en el alma por los navegantes de antaño, cuya única esperanza eran el sol o las estrellas. Cuyos miedos verdaderos no eran las sirenas ni los mares embravecidos, sino los días nublados. Navegar con GPS es como bajar la ventanilla, preguntar dónde queda la calle Independencia y dar las gracias, sin necesidad de bajar la ventanilla ni de preguntar ni de dar las gracias. Todavía quedan nostálgicos que reivindican escalar una montaña sin oxígeno, pero no es el caso de Astor. Ser héroe no está dentro de sus prioridades y la hazaña es una palabra ajena. Aún así se las rebusca para ser una de las pocas personas que sin ser millonario ni jubilado puede hacer lo que quiere cuando quiere. Es el álter ego de alguien llamado Alonso. Alonso ha tenido mala suerte en la repartija de virtudes o capaz que llegó tarde y ya no quedaba ninguna. Se marea cruzando un puente, no hablemos de agarrar un velero y salir a dar una vuelta. La suerte tampoco le sonríe, aunque él sienta que es el hombre más afortunado del mundo porque de chiquito ligaba de entrada las figuritas difíciles y ahora que ya es grande cuando destapa una coca-cola siempre le aparece VALE OTRA. Tanta es la confianza de que algún día va a ganar algo importante, que destina en secreto la mitad de sus ridículos ingresos a los juegos de azar. Casinos, loterías, rifas, bingos y raspaditas se turnan para decirle que nunca va a dejar de ser pobre. Algo bastante subjetivo, porque él siente que al menos una vez en la vida se va a dar el bacatazo. O dos veces, por qué no dos veces. Daisy las únicas dos veces que jugó ganó la lotería. Es raro, porque nunca fue de tener mucha suerte, ella siempre destapó SEGUÍ PARTICIPANDO. Desde que es nueva rica está obstinada en revertir la tendencia. Se va a un bingo, por ejemplo, y no siente resquemor en gastarse el PBI de una isla pequeña hasta cantar ¡Bingo! En términos económicos no es precisamente un buen negocio, pero esto va más allá de los términos económicos. Pasa algo parecido con el arte: un cuadro transparente se puede pagar una fortuna. O tal vez que una fortuna es mucho. Para evitar estafas contrató a una personal painter, la mejor. La chica es un ángel, casi literalmente. Es amorosa, capaz de curarte una manzana podrida. Una pena que se esté muriendo. Maia no lo hace por dinero. No es que ya tenga suficiente, que lo tiene, sino que sus motivaciones pasan por otro lado. Maia cree que una sola persona no puede cambiar el mundo, pero sí puede cambiar a otra persona. Y como en este planeta son más lo buenos que los malos, cambiar el mundo solo se trata de una cuestión estadística. Ella siente que alguien arrogante, egoísta, insensible y maleducada, puede convertirse en una buena persona. El ejemplo es la manera. Del lado blanco del yin yang está el nene que le tocó la puerta después de ver por televisión una nota suya donde contaba ente risas lo de los mosquitos que dejan de picar personas para picar sus milanesas. El nene le ofreció ocuparse de su jardín todas las tardes a cambio de una milanesa diaria. Como él no cree en los cucos, la vida castigó su valentía con picaduras de mosquitos todas las noches del año. Imposible que sueñe con los angelitos cuando tiene que rascarse el hombro a cada rato. Boris no siente ninguna clase de pudor al dejar una milanesa por las noches en su mesita de luz. La gran mayoría de los chicos de su edad, una vez al año deja un plato de pasto para convidar a camellos invisibles. Al menos sus comensales son reales, la prueba está que los escucha noche a noche zumbando de gula mientras se zampan la milanesa. La noche anterior al milagro de las milanesas lo picaron con alevosía. Fueron los mosquitos de siempre, los comunes, pero al día siguiente de camino al colegio se cruzó con un cartel publicitario desde donde le advertían que si sufría de dolores de cabeza, fiebre, erupciones en la piel y dolor intenso en las articulaciones y músculos, entonces tenía dengue. Por supuesto que inmediatamente desvió su curso hasta el hospital más cercano. Los servicios de urgencias son los únicos lugares donde todavía existen salas de espera porque obviamente nadie planifica una neumonía. Gracias a este detalle conoció a un señor que sentado al lado suyo le explicó cómo hacer para que la acelga tenga gusto a bife de costilla. Gracias a este señor se dio el gusto de conseguir un abuelo a falta de un padre. Wenceslao descubrió que la gente de su edad se enferma seguido, tropieza, pierde la memoria. Y ningún médico a la fecha, por más diplomas que tenga detrás suyo, es capaz de diagnosticar soledad en lugar de resfrío o luxación. De todos modos ese paraíso de gente esperando a que la curen, lo suficientemente sumisa como para escuchar de buena gana a un pobre viejo que solo busca compañía ocasional para llegar hasta mañana, lo cambió por otro con forma de un chico de 8 años. Fue como si el tren que alguna vez le cerró las puertas delante de su hijo, 40 años después las abriera como si no hubiera pasado nada. Wenceslao está entusiasmadísimo con esta nueva oportunidad y va a hacer lo que haga falta con tal de que no pase lo mismo que con la versión original.
[Si alguien quiere ir al baño éste es el momento]
Cierto conductor de un programa de TV cuando intenta recordar algo de su infancia es como si buscara caramelos en un frasco vacío. Es que una infancia sin familia, sin amigos, sin juguetes no es infancia, es otra cosa. Cuando las puertas de aquel tren se cerraron todavía era muy chico para entender que ese iba a ser su último día como hijo. De ahí en adelante un mundo nuevo lo esperaba, repleto de bancos de plaza, tormentas sin paraguas, hogares transitorios y comidas ocasionales. Hasta que un día se despertó con 16 ó 17 años y se dio cuenta de que había atravesado la edad de la inocencia desde arriba de un puente. Esto no es una excusa sino una explicación de por qué le resulta tan fácil rechazar a un hijo. Los afectos van y vienen, lo que verdaderamente importa en esta vida es el éxito, la fama, el dinero, y ahora los cupones. Las familias cuestan plata, plata que se disfruta mucho más gastándola en un auto de lujo. Por eso jamás le ha dado dinero (ni cupones) a nadie que no le haya ofrecido algo a cambio. Por eso también detesta al vagabundo que vive ahí a la vuelta. Porque le pide descaradamente que lo ayude, con esa sonrisa de vendedor ambulante y alzando la mano, ya que ni siquiera tiene el tupé de levantarse.
(Cierto conductor de un programa de TV)
¿Sabe usted cómo me llamo, dónde vivo, qué día es mi cumpleaños,
a qué colegio fui, cuándo aprendí a andar en bicicleta?
(Vagabundo)
No.
(Cierto conductor de un programa de TV)
Entonces si no somos amigos ¿por qué me pide plata?
Torcuato sabe que no son amigos, que nunca llegarán a serlo. Elegiría vivir unos minutos en una manada de leones antes de compartir una anécdota con un señor tan desagradable. Pedir limosna no le da vergüenza, aunque sí pereza. Estadísticamente las personas no suelen ser generosas.
Respuestas a pedidos (en millones de NO)
Una ayudita por favor ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄
Mañana te lo devuelvo ▄▄▄▄▄▄
¿Me lo prestás una vueltita? ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄
Me gusta tu novia ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄
0 10 20 30 40 50
Tampoco existe un patrón para reconocer a los predispuestos, es siempre prueba y error. Hay además un halo de leyenda en torno al mundo del mendigo. Basta con googlear el arte de pedir limosna para ver la cantidad de gente que piensa que se vive mejor en la calle que en una casa con agua caliente. No alcanza con vivir desamparado, sin alguien que te abrace por las noches, sin heladera que abrir de vez en cuando, sin el mes que viene. A esto hay que sumarle que los que podrían ayudarte creen que al final del día te vas manejando una 4×4. No todos, claro. Cuando Torcuato nadaba en la abundancia solía colaborar con cada uno que se le acercaba. También creó dos fundaciones para ayudar a los que no tenían su misma suerte. Fundaciones que ya sea por orgullo o por principios, se niega a visitar en su condición de necesitado. El karma se hizo presente cuando su antiguo peluquero y barbero lo reconoció detrás de su abandono. Sin chances de poder revertir su situación, al menos podía cambiar su look vagabundo por el que supo lucir en su época de rico y poderoso. Torcuato aceptó encantado. No era la idea de mejorar su apariencia lo que le interesaba sino compartir con alguien algo más que “Una ayuda por favor” y esporádicas “Muchas gracias”. Sonny descubrió en Torcuato a su propio pingüino empetrolado. Ahora que la ecología ha pasado a mejor vida qué mejor oportunidad que transformar a este vagabundo en alguien elegante, una y otra vez. No es lo mismo salvar una vida que emprolijarla, pero la vocación se mantiene. Mejor aún, este pingüino va caminando solito hasta su negocio. Y a comparación de las criaturas que ayudó anteriormente, el salvataje se vuelve mucho más ameno al poder hablar de igual a igual con el damnificado. El plus: le agradece con un abrazo sincero. Es evidente que pingüinos empetrolados hay en todas partes, solo que no los vemos o nos hacemos los distraídos. El día que Sonny se enamoró por única vez no lo hizo por compasión sino por amor, sin embargo ella también tenía todos los síntomas de un pingüino empetrolado. La tragedia la había golpeado de una forma tan certera que le sería imposible volver a amar alguna vez. Sonny lo supo desde el instante en que la vio, y sin embargo no pudo evitar reprimir la atracción que su cuerpo y su forma de moverse le generó. Sus ojos serían los únicos testigos físicos de un pasado que quedaría en el pasado. Unos ojos celestes que a cualquier mujer del planeta le alcanzarían para ser estrella de cine, en su caso se habían cristalizado y ya no transmitían más que los de un oso de peluche. Se conocieron en el aeropuerto, Sonny volvía de unas vacaciones en una ciudad cosmopolita y ella acababa de renunciar a su esposo en alguna isla remota. Dulcinea nunca se enamoró del hombre que se ofreció a cargar sus valijas primero y que terminó compartiendo su cama unos meses después. Una cosa es enamorarse y otra es reírse, disfrutar de la compañía, escuchar anécdotas e ir al cine. Un avión, por mucho que vuele, nunca va a ser un albatros. También es cierto que no era amor lo que Dulcinea necesitaba ni quería en ese momento. El tiempo que pasó en las afueras del mundo buscando a su otra mitad no fue en vano. En esos tres años aprendió mejor que nadie a preparar el cocktail La Vida No Es Color De Rosa Frozen; que consiste en meter adentro de una licuadora mediana todos tus ahorros, tus Te amo, tus sueños y tus proyectos, batir a máxima velocidad y servir bien frío en vaso trago largo. Después de probarlo solo resta volver a tu país más pobre y más viuda que nunca. En estas condiciones Dulcinea aceptó a aquel hombre en su vida, con la mera regla de que nunca la mirara a los ojos. Fue un pacto honesto, esos dos ojos celestes ya solo servirían para llorar en silencio o mirar por la ventana. Si el dolor de perder a un ser querido es inmenso, imaginen lo que se siente cuando además de perderlo desaparece sin dejar rastros. La espera por que llegue la buena noticia, la angustia cuando la buena noticia no aparece, la incertidumbre de no saber a dónde llevarle flores, la consecuencia de que dos ojos, por más celestes que hayan sido, terminan apagándose. Es un fenómeno bastante extraño que no ocurre muy a menudo. Si se invierten los roles ya estaríamos hablando de ficción. Digamos que tendrían que pasar unos 25 años hasta que aparezca una mujer en una isla esperando que la vaya a buscar el amor de su vida. Dulcinea nunca imaginó que un cuarto de siglo más tarde otra mujer iba a revivir las mismas ilusiones del otro lado del mostrador. A Emma, que empezó a chatear para no perder contacto con sus amigos fuera de la isla, jamás se le cruzó por la cabeza que iba a recuperar la alegría a fuerza de emoticones. Justo ella, que cada vez que alguien le manda una chocotorta virtual lo borra de su lista de contactos. Ya ni se acuerda cómo fue a parar a ese grupo de autoayuda sin fronteras. Lo que no se olvida es la frase que tiró esa mujer apenas se conocieron: Soltale la mano que no se va a ir a ningún lado. Parece una oración más, y lo es, pero para los que aprenden a convivir con la ausencia tiene un significado importante. No tiene que ver ni con olvidar ni con enterrar, tiene que ver con seguir con tu vida al lado de alguien que nunca está. Este tipo de casos son la prueba más contundente de que existen los fantasmas. Emma nunca necesitó preguntarle el nombre a la mujer que le devolvió J a su vida. Sabía que alguien capaz de transformar la angustia propia en optimismo ajeno no podía llamarse de otra forma que no fuera Dulcinea. Con el paso del tiempo la relación se volvió más fuerte. Mentiría si dijera que se hicieron amigas porque no se hicieron. Pero fue suficiente para que Emma volviera a disfrutar de la isla que lo separó del chico del velero. La misma isla sin aeropuerto que eligió para separarse del recuerdo de su madre, esa azafata siempre atrasada que guardó en su valija el vestido de flores que le regaló para su cumpleaños, y que seguramente no llegó a probárselo antes de que su avión se estrellara en alguna parte.