La hospitalidad es bienvenida

(Imágenes del capítulo anterior)
       

¿Alguien le avisó a las tribus que viven aisladas del mundo exterior que se viene la hecatombe? Poco les importe seguramente, esa gente vive el presente, no anda pensando en cuotas ni en la capa de ozono. Tampoco deberían, ninguno de ellos usó aerosoles en los últimos 50 años. O técnicamente deberían, la capa de ozono no achicharra solo a los imprudentes, la capa de ozono somos todos. Para mí que nadie les dijo nada.

(Xilochituán Jr)
Sabio padre, ¿cuál es el sentido de la vida?
(Xilochituán)
Ahora me estoy yendo a meditar a la montaña, el año que viene cuando vuelva te cuento todo.

Es una pena que no tengan internet, que si no estaría bueno armar una cadena para que se enteren. Las cadenas nunca fallan. Yo dejé de ir al cine desde que me enteré que dejaban jeringas en las butacas a propósito. Aunque tal vez es mejor que sigan como si nada. El 21 de diciembre van a hacer lo mismo que el 20, con la sutileza que en algún momento van a ver en el cielo una bola de fuego, 30, 40 segundos de incertidumbre y adiós mundo cruel. El pueblito al que acaba de llegar Astor, de lejos se parecía sino a una aldea de una tribu analógica, al menos a una de Corazón Valiente. Pero cuando se acercó a pedir un poco de agua vio que tenían WI-FI. No te digo que es Silicon Valley, pero. Es de esos lugares que pese a que circulan en autos ecológicos todavía no llegó el progreso porque se duerme con la puerta abierta. Eso, un paraíso. Saben por supuesto que se viene el fin del mundo. Saben también que no se puede hacer nada al respecto, así que es lo mismo que si no supieran. Astor saluda a todos como si fueran sus vecinos, le gusta así. Después de recorrer tantos lugares nunca sabe si hay que hacerlo con la mano, con un beso, con dos, o tres, un abrazo, una palmada, un gesto. Él opta por lo simple, sonríe. La tripulación del Bel Amica lo recibe con casi todos los saludos, están contentos de ver a otro navegante de vez en cuando. El Bel Amica es una goleta clásica que apareció en la costa de Cerdeña, cerca de Punta Volpe, a fines de agosto de 2004. Cuando la marina italiana subió al barco se descubrió que la cena estaba servida pero no había nadie a bordo. Tampoco había signos de violencia ni faltaban objetos de valor. Días más tarde la prensa italiana informó que el dueño estaba lo más pancho en Luxemburgo y que todo habría sido una maniobra para evadir al fisco. Ahora que ha corrido agua bajo el puente, el dueño le confiesa a Astor que algo de cierto hubo porque en Luxemburgo te fajan con los impuestos. Y que también pesó bastante el hecho de que en las Eliminatorias siempre se comen 5 goles por partido. En cambio ahí están mucho más tranquilos y hasta se pueden dar el lujo de ofrecer un banquete a un navegante solitario sin que venga un inspector a preguntar cómo hicieron para pagarlo. Astor agradecido. Cuesta imaginarlo sin gente alrededor. Navega en solitario, es verdad, pero cada vez que llega a un puerto va sumando amigos nuevos. Lo que más lo aterra de naufragar es terminar en una isla desierta. No conoce a Oliverio ni a su historia, de ser así lo iría a buscar, si es que todavía sigue allí. No hace falta aclarar que las situaciones de uno y otro son antagónicas. Imaginemos que dividimos la pantalla en dos partes, y que los dos tienen la misma hora del mismo día. De un lado de la pantalla veríamos a Astor comiendo un asado con sus nuevos amigos, del otro a Oliverio sentado en una butaca de avión vestido de mujer. A la mañana del día siguiente Astor recibiendo pescado gratis de los lugareños, Oliverio sentado en una butaca de avión vestido de mujer. No sigo porque me hace mal. Ahora tengo que hablar de que Astor está en la playa jugando al voley, pero pienso en Oliverio y me dan ganas de escribir que no está jugando al voley, que está haciendo pocitos en la orilla. No, las cosas como son. Astor se divierte más que un pecador en Las Vegas. Va ganando, se tira de palomita para alcanzar una pelota, llega, las chicas lo miran mordiéndose el labio de abajo, luce el físico de un comercial de desodorante. (Entre nos, es poco honesto de su parte; retiene el aire lo máximo posible para parecer más fibroso.) Unos días después se aleja del paraíso en su pequeño velero, saludando con una sonrisa, agarrándose imaginariamente el mentón con la mano, pensando la suerte que tiene de poder ser bienvenido y despedido a voluntad.

Es un horror

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Es tan común que las catástrofes se midan por su equivalencia en bombas atómicas. Un terremoto serían unas diez mil. Chernobyl, 500. La erupción del volcán Puyehue: unas míseras 70. Cada vez que pasa algo malo, muy malo, el periodismo se encarga de graficar que fue equivalente a tantas bombas atómicas. Al señor periodista no le alcanza con que uno se horrorice ante la tragedia. No. Tiene que venir corriendo y pegarte un rodillazo en el estómago. Recién entonces, cuando te ve doblegado por el sufrimiento ajeno, siente que ha cumplido con su deber de informar. La tragedia que nos atañe rondaría alrededor de las 1.700 millones bombas atómicas, ojivas más, ojivas menos. Si analizamos el dato seriamente, se traduce como un despilfarro destructivo, ya que con apenas cuatro millones, bien distribuidas alrededor de la Tierra, el meteorito podría ahorrarse la potencia equivalente a 1.696 millones de bombas para hacer pelota otros planetas. Por ejemplo, podría pegar en la Tierra, picar y estrolarse contra Marte, después en Júpiter, Saturno, y con algo de suerte tal vez le quede fuerza para destruir algún que otro satélite, que no es poco. El sueño de Daisy es que el meteorito se estrelle primero en otro lado, para tener de qué hablar con sus amigas.

(Daisy)
¿Viste cómo quedó Saturno? Los anillos desparramados por todos lados, un horror.

Por el momento se tienen que conformar con hablar mal de la esposa del carnicero, que en vez de alimentar decentemente a su hija se preocupa por pintar “el frente” de su casa, como si tres capas de pintura al agua fueran a resistir el impacto de un meteorito. Daisy llama con la campanita a la mucama para que les traiga más masitas, al mismo tiempo que se le infla el pecho por ser tan refinada. A lo largo de la tarde los chismes del barrio se intercalan continuamente con los del universo. Qué barbaridad que se termine todo tan pronto Y tan de repente, Daisy; interrumpe como pidiendo angustia una de las amigas. Bueno, de repente, de repente, habría que ver, los indios se cansaron de repetirlo, pero los masacraron, total; acota otra amiga que cada tanto se pega una vuelta por Wikipedia. La cuarta y última amiga, con la boca llena de masitas, se despacha un Mñirá, yo losñ indios no ñsé, pero esñta turra sañbía seguro, y le ñpreocupó más pintar la carniñcería que darle de comer a la criañtura. [La mucama además de fumarse a estas cuatro insufribles ahora va a tener que barrer media docena de masitas que quedaron escupidas por el suelo.] Encima que a la pobre hija no le hace ni una sopa, si ella no deja de entrarle a las pastas en cualquier momento el marido la cuelga de un gancho; patea en el suelo a la Sra. Media Res la Sra. Wikipedia. Todas menos Daisy: jajajaajjajajajjaja. Daisy: un gesto de tristeza invade sus mejillas. No le gusta cuando se ríen de la gente gorda. Ahora es multimillonaria y puede usar calzas sin remordimientos, pero en la época de los compañeritos y los recreos le decían Bola de nieve porque aumentaba paso a paso. Las amigas cuando dan cuenta de la situación toman el té levantando el meñique y dando sorbitos en silencio, tragando más culpa que té. Está claro que las reuniones de Daisy y sus amigas por lo general no aportan nada. Si pinto el párrafo con el mouse y aprieto Delete el mundo ni se entera de que falta algo. Si lo dejo tal cual tampoco, eso también es cierto. Timbre. Es Maia. Esto para Daisy es mejor que adelgazar 20 kilos en treinta segundos. Ahora van a ver quién es la que tiene personal painter. Daisy introduce a Maia a sus amigas, poniendo énfasis en las palabras personal painter para que quede clarito de qué se trata. Las amigas saludan con indiferencia, como si cada una tuviera tres iguales en su casa. Claramente ganó Daisy. Maia rechaza cortésmente las masitas y comenta que va a haber un remate de pinturas a beneficio de los sin techo. Es una buena oportunidad para adquirir obras de categoría y ayudar a gente que no tiene la suerte de apagar la luz antes de dormirse. Después de  su breve presentación, la busca a Daisy para comprobar su grado de compasión. Daisy devuelve la mirada con el ceño fruncido. Le interesan las pinturas, no tanto lo de ayudar al prójimo.

Hoy tengo familia

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Los relojes se han convertido en piezas indispensables acordes a los tiempos que corren, si me permiten la redundancia. Con el meteorito a vista de telescopio ya nadie puede atreverse a llegar tarde no te digo a un casamiento, sino a un encuentro con amigos. Si quedamos a las 10 en tal lado, quiere decir que nos vemos a las 10:00. Los minutos, triviales en épocas pasadas, ahora que empezó la cuenta regresiva son imprescindibles. Contados, si me permiten otra redundancia. De aquí en más los impuntuales o cumplen rigurosamente con su agenda o se van a vivir a una montaña. Solos, desde luego. Cada noche antes de acostarse, el mundo sincroniza sus relojes. Los de agujas han pasado a formar parte de colecciones privadas y públicas por razones estrictamente técnicas, para alegría de la gente de Casio y tristeza de los de Swatch. En Suiza las empresas que mantienen la sonrisa son las que apostaron al chocolate. Wenceslao 24 horas atrás andaba mirando montañas de reojo. No por impuntual sino por falta de agenda. Conocer a Boris le dio vida a su rutina. Ya no necesita visitar grupos de autoayuda para estar acompañado, lo que ahora necesita es preparar algo rico para cuando esta noche vengan a comer su nieto paralelo y la mamá. Te tiemblan las piernas, Wenceslao. Me juego una costilla a que te resulta más fácil esquivar pocitos con un tanque. Pensar que todos estos años matando el tiempo a mansalva se podrían haber invertido en algún cursito de cocina. Pero no. Aquí estás, parado frente a un paquete de sopa de fideos con sabor a camarones. Tu mejor opción. Unos camarones que si nos guiamos por la foto del paquete nunca conocieron el mar. Tenés suerte de que Boris ande necesitando un padre o en su defecto un abuelo, y no disfrutar de un banquete o en su defecto una cena. La velada salió muy bien gracias al esfuerzo de Wenceslao y a las pocas expectativas de Boris, que lejos de pasar hambre se puso a sonreír cuando se enteró que salían de circulación los relojes con agujas, incluidos los tan sospechosos cu-cu. Es curioso como el mundo siempre está haciendo balance. En la casa de Wenceslao fuimos testigos de un momento agradable, tres personas pasándola bien a pesar de haber ingerido una sopa de fideos con “““camarones”””. Dos puertas más acá, una pareja deja de serlo.

(Él, después de 8 años de casados)
Hoy me di cuenta de que tenés la espalda muy grande.
(Ella)
No te puedo creer que me digas esto. ¿Estás saliendo con otra, no?
(Él)
Te juro que no. Ganas no me faltan, pero nunca te engañé con nadie.

En lo de Wenceslao son todas risas. Igual me juego una docena de empanadas a que Wenceslao hubiese descubierto el origen del universo a cambio de que su hijo también estuviera presente esta noche. No lo culpo, es la emoción. Hasta hace un rato formaba filas para sentirse parte de algo y ahora es la familia Ingalls. Que apareciese su hijo y se uniera a las sonrisas no estaría nada mal. Que toque la puerta, entre por la ventana, salga de adentro de un pastel, la forma es lo de menos, pero que aparezca y le diga Hola papá tanto tiempo; lo abrace y le dé un kilo de helado para que disfruten entre todos. Ese sí que sería un momento kodak, Kodac.

Tiempo aproximado de lectura: 6 días

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Semana #179: un hombre barbudo, con el bronceado de cien Julio Iglesias, luciendo un vestido de flores amarillas y parado a metros de la ex frase ACA  ES_OY  MI  AM_R, se pregunta, al mismo tiempo que se lanza al espacio el primer satélite para el sistema GPS, dónde cazzo está. Qué lindo sería poder decirle a Dulcinea “pasame a buscar por latitud 10°05′S,  longitud 152°54′O”. Qué afortunados los que se pueden dar el lujo de apretar un botón y descubrir su posición, con una precisión de 4 metros. Qué injusticia, y con esto voy cerrando, que haya gente que arriesgue su vida desinteresadamente intentando llegar navegando a una isla, con las ganas que él tiene de salir de otra. Astor sabe, y no tiene problemas en admitirlo, que si no fuera por el GPS él no llegaría a ningún lado. Lo siente en el alma por los navegantes de antaño, cuya única esperanza eran el sol o las estrellas. Cuyos miedos verdaderos no eran las sirenas ni los mares embravecidos, sino los días nublados. Navegar con GPS es como bajar la ventanilla, preguntar dónde queda la calle Independencia y dar las gracias, sin necesidad de bajar la ventanilla ni de preguntar ni de dar las gracias. Todavía quedan nostálgicos que reivindican escalar una montaña sin oxígeno, pero no es el caso de Astor. Ser héroe no está dentro de sus prioridades y la hazaña es una palabra ajena. Aún así se las rebusca para ser una de las pocas personas que sin ser millonario ni jubilado puede hacer lo que quiere cuando quiere. Es el álter ego de alguien llamado Alonso. Alonso ha tenido mala suerte en la repartija de virtudes o capaz que llegó tarde y ya no quedaba ninguna. Se marea cruzando un puente, no hablemos de agarrar un velero y salir a dar una vuelta. La suerte tampoco le sonríe, aunque él sienta que es el hombre más afortunado del mundo porque de chiquito ligaba de entrada las figuritas difíciles y ahora que ya es grande cuando destapa una coca-cola siempre le aparece VALE OTRA. Tanta es la confianza de que algún día va a ganar algo importante, que destina en secreto la mitad de sus ridículos ingresos a los juegos de azar. Casinos, loterías, rifas, bingos y raspaditas se turnan para decirle que nunca va a dejar de ser pobre. Algo bastante subjetivo, porque él siente que al menos una vez en la vida se va a dar el bacatazo. O dos veces, por qué no dos veces. Daisy las únicas dos veces que jugó ganó la lotería. Es raro, porque nunca fue de tener mucha suerte, ella siempre destapó SEGUÍ PARTICIPANDO. Desde que es nueva rica está obstinada en revertir la tendencia. Se va a un bingo, por ejemplo, y no siente resquemor en gastarse el PBI de una isla pequeña hasta cantar ¡Bingo! En términos económicos no es precisamente un buen negocio, pero esto va más allá de los términos económicos. Pasa algo parecido con el arte: un cuadro transparente se puede pagar una fortuna. O tal vez que una fortuna es mucho. Para evitar estafas contrató a una personal painter, la mejor. La chica es un ángel, casi literalmente. Es amorosa, capaz de curarte una manzana podrida. Una pena que se esté muriendo. Maia no lo hace por dinero. No es que ya tenga suficiente, que lo tiene, sino que sus motivaciones pasan por otro lado. Maia cree que una sola persona no puede cambiar el mundo, pero sí puede cambiar a otra persona. Y como en este planeta son más lo buenos que los malos, cambiar el mundo solo se trata de una cuestión estadística. Ella siente que alguien arrogante, egoísta, insensible y maleducada, puede convertirse en una buena persona. El ejemplo es la manera. Del lado blanco del yin yang está el nene que le tocó la puerta después de ver por televisión una nota suya donde contaba ente risas lo de los mosquitos que dejan de picar personas para picar sus milanesas. El nene le ofreció ocuparse de su jardín todas las tardes a cambio de una milanesa diaria. Como él no cree en los cucos, la vida castigó su valentía con picaduras de mosquitos todas las noches del año. Imposible que sueñe con los angelitos cuando tiene que rascarse el hombro a cada rato. Boris no siente ninguna clase de pudor al dejar una milanesa por las noches en su mesita de luz. La gran mayoría de los chicos de su edad, una vez al año deja un plato de pasto para convidar a camellos invisibles. Al menos sus comensales son reales, la prueba está que los escucha noche a noche zumbando de gula mientras se zampan la milanesa. La noche anterior al milagro de las milanesas lo picaron con alevosía. Fueron los mosquitos de siempre, los comunes, pero al día siguiente de camino al colegio se cruzó con un cartel publicitario desde donde le advertían que si sufría de dolores de cabeza, fiebre, erupciones en la piel y dolor intenso en las articulaciones y músculos, entonces tenía dengue. Por supuesto que inmediatamente desvió su curso hasta el hospital más cercano. Los servicios de urgencias son los únicos lugares donde todavía existen salas de espera porque obviamente nadie planifica una neumonía. Gracias a este detalle conoció a un señor que sentado al lado suyo le explicó cómo hacer para que la acelga tenga gusto a bife de costilla. Gracias a este señor se dio el gusto de conseguir un abuelo a falta de un padre. Wenceslao descubrió que la gente de su edad se enferma seguido, tropieza, pierde la memoria. Y ningún médico a la fecha, por más diplomas que tenga detrás suyo, es capaz de diagnosticar soledad en lugar de resfrío o luxación. De todos modos ese paraíso de gente esperando a que la curen, lo suficientemente sumisa como para escuchar de buena gana a un pobre viejo que solo busca compañía ocasional para llegar hasta mañana, lo cambió por otro con forma de un chico de 8 años. Fue como si el tren que alguna vez le cerró las puertas delante de su hijo, 40 años después las abriera como si no hubiera pasado nada. Wenceslao está entusiasmadísimo con esta nueva oportunidad y va a hacer lo que haga falta con tal de que no pase lo mismo que con la versión original.

[Si alguien quiere ir al baño éste es el momento]

 

 

 

 

Cierto conductor de un programa de TV cuando intenta recordar algo de su infancia es como si buscara caramelos en un frasco vacío. Es que una infancia sin familia, sin amigos, sin juguetes no es infancia, es otra cosa. Cuando las puertas de aquel tren se cerraron todavía era muy chico para entender que ese iba a ser su último día como hijo. De ahí en adelante un mundo nuevo lo esperaba, repleto de bancos de plaza, tormentas sin paraguas, hogares transitorios y comidas ocasionales. Hasta que un día se despertó con 16 ó 17 años y se dio cuenta de que había atravesado la edad de la inocencia desde arriba de un puente. Esto no es una excusa sino una explicación de por qué le resulta tan fácil rechazar a un hijo. Los afectos van y vienen, lo que verdaderamente importa en esta vida es el éxito, la fama, el dinero, y ahora los cupones. Las familias cuestan plata, plata que se disfruta mucho más gastándola en un auto de lujo. Por eso jamás le ha dado dinero (ni cupones) a nadie que no le haya ofrecido algo a cambio. Por eso también detesta al vagabundo que vive ahí a la vuelta. Porque le pide descaradamente que lo ayude, con esa sonrisa de vendedor ambulante y alzando la mano, ya que ni siquiera tiene el tupé de levantarse.

(Cierto conductor de un programa de TV)
¿Sabe usted cómo me llamo, dónde vivo, qué día es mi cumpleaños,
a qué colegio fui, cuándo aprendí a andar en bicicleta?
(Vagabundo)
No.
(Cierto conductor de un programa de TV)
Entonces si no somos amigos ¿por qué me pide plata?

Torcuato sabe que no son amigos, que nunca llegarán a serlo. Elegiría vivir unos minutos en una manada de leones antes de compartir una anécdota con un señor tan desagradable. Pedir limosna no le da vergüenza, aunque sí pereza. Estadísticamente las personas no suelen ser generosas.

Respuestas a pedidos (en millones de NO)

           Una ayudita por favor               ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄
           Mañana te lo devuelvo              ▄▄▄▄▄▄
           ¿Me lo prestás una vueltita?   ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄
           Me gusta tu novia                        ▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄▄

                                                                                       0          10        20        30        40        50                   

Tampoco existe un patrón para reconocer a los predispuestos, es siempre prueba y error. Hay además un halo de leyenda en torno al mundo del mendigo. Basta con googlear el arte de pedir limosna para ver la cantidad de gente que piensa que se vive mejor en la calle que en una casa con agua caliente. No alcanza con vivir desamparado, sin alguien que te abrace por las noches, sin heladera que abrir de vez en cuando, sin el mes que viene. A esto hay que sumarle que los que podrían ayudarte creen que al final del día te vas manejando una 4×4. No todos, claro. Cuando Torcuato nadaba en la abundancia solía colaborar con cada uno que se le acercaba. También creó dos fundaciones para ayudar a los que no tenían su misma suerte. Fundaciones que ya sea por orgullo o por principios, se niega a visitar en su condición de necesitado. El karma se hizo presente cuando su antiguo peluquero y barbero lo reconoció detrás de su abandono. Sin chances de poder revertir su situación, al menos podía cambiar su look vagabundo por el que supo lucir en su época de rico y poderoso. Torcuato aceptó encantado. No era la idea de mejorar su apariencia lo que le interesaba sino compartir con alguien algo más que “Una ayuda por favor” y esporádicas “Muchas gracias”. Sonny descubrió en Torcuato a su propio pingüino empetrolado. Ahora que la ecología ha pasado a mejor vida qué mejor oportunidad que transformar a este vagabundo en alguien elegante, una y otra vez. No es lo mismo salvar una vida que emprolijarla, pero la vocación se mantiene. Mejor aún, este pingüino va caminando solito hasta su negocio. Y a comparación de las criaturas que ayudó anteriormente, el salvataje se vuelve mucho más ameno al poder hablar de igual a igual con el damnificado. El plus: le agradece con un abrazo sincero. Es evidente que pingüinos empetrolados hay en todas partes, solo que no los vemos o nos hacemos los distraídos. El día que Sonny se enamoró por única vez no lo hizo por compasión sino por amor, sin embargo ella también tenía todos los síntomas de un pingüino empetrolado. La tragedia la había golpeado de una forma tan certera que le sería imposible volver a amar alguna vez. Sonny lo supo desde el instante en que la vio, y sin embargo no pudo evitar reprimir la atracción que su cuerpo y su forma de moverse le generó. Sus ojos serían los únicos testigos físicos de un pasado que quedaría en el pasado. Unos ojos celestes que a cualquier mujer del planeta le alcanzarían para ser estrella de cine, en su caso se habían cristalizado y ya no transmitían más que los de un oso de peluche. Se conocieron en el aeropuerto, Sonny volvía de unas vacaciones en una ciudad cosmopolita y ella acababa de renunciar a su esposo en alguna isla remota. Dulcinea nunca se enamoró del hombre que se ofreció a cargar sus valijas primero y que terminó compartiendo su cama unos meses después. Una cosa es enamorarse y otra es reírse, disfrutar de la compañía, escuchar anécdotas e ir al cine. Un avión, por mucho que vuele, nunca va a ser un albatros. También es cierto que no era amor lo que Dulcinea necesitaba ni quería en ese momento. El tiempo que pasó en las afueras del mundo buscando a su otra mitad no fue en vano. En esos tres años aprendió mejor que nadie a preparar el cocktail La Vida No Es Color De Rosa Frozen; que consiste en meter adentro de una licuadora mediana todos tus ahorros, tus Te amo, tus sueños y tus proyectos, batir a máxima velocidad y servir bien frío en vaso trago largo. Después de probarlo solo resta volver a tu país más pobre y más viuda que nunca. En estas condiciones Dulcinea aceptó a aquel hombre en su vida, con la mera regla de que nunca la mirara a los ojos. Fue un pacto honesto, esos dos ojos celestes ya solo servirían para llorar en silencio o mirar por la ventana. Si el dolor de perder a un ser querido es inmenso, imaginen lo que se siente cuando además de perderlo desaparece sin dejar rastros. La espera por que llegue la buena noticia, la angustia cuando la buena noticia no aparece, la incertidumbre de no saber a dónde llevarle flores, la consecuencia de que dos ojos, por más celestes que hayan sido, terminan apagándose. Es un fenómeno bastante extraño que no ocurre muy a menudo. Si se invierten los roles ya estaríamos hablando de ficción. Digamos que tendrían que pasar unos 25 años hasta que aparezca una mujer en una isla esperando que la vaya a buscar el amor de su vida. Dulcinea nunca imaginó que un cuarto de siglo más tarde otra mujer iba a revivir las mismas ilusiones del otro lado del mostrador. A Emma, que empezó a chatear para no perder contacto con sus amigos fuera de la isla, jamás se le cruzó por la cabeza que iba a recuperar la alegría a fuerza de emoticones. Justo ella, que cada vez que alguien le manda una chocotorta virtual lo borra de su lista de contactos. Ya ni se acuerda cómo fue a parar a ese grupo de autoayuda sin fronteras. Lo que no se olvida es la frase que tiró esa mujer apenas se conocieron: Soltale la mano que no se va a ir a ningún lado. Parece una oración más, y lo es, pero para los que aprenden a convivir con la ausencia tiene un significado importante. No tiene que ver ni con olvidar ni con enterrar, tiene que ver con seguir con tu vida al lado de alguien que nunca está. Este tipo de casos son la prueba más contundente de que existen los fantasmas. Emma nunca necesitó preguntarle el nombre a la mujer que le devolvió J a su vida. Sabía que alguien capaz de transformar la angustia propia en optimismo ajeno no podía llamarse de otra forma que no fuera Dulcinea. Con el paso del tiempo la relación se volvió más fuerte. Mentiría si dijera que se hicieron amigas porque no se hicieron. Pero fue suficiente para que Emma volviera a disfrutar de la isla que lo separó del chico del velero. La misma isla sin aeropuerto que eligió para separarse del recuerdo de su madre, esa azafata siempre atrasada que guardó en su valija el vestido de flores que le regaló para su cumpleaños, y que seguramente no llegó a probárselo antes de que su avión se estrellara en alguna parte.

Yo me quiero casar ¿y usted? No, yo no

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Si preguntamos cuántas personas sin entrenamiento previo cocinan mejor que Maia no creo que más de diez levanten la mano. Yo he visto a mosquitos dejar de chupar sangre para clavarse una de sus milanesas con puré. El secreto está en ella, porque la receta no es nada del otro mundo. Tiernizar las fetas, salpimentar, sumergir en huevos batidos, pasar por abundante pan rallado, freír en sartén de teflón, Está la comida. A sus dotes culinarias hay que sumarle un valor clave: eficiencia. En esta época de inminente destrucción masiva donde el microondas le ha ganado al fuego lento, ella se las arregla para tener lista una fuente de comida en el tiempo que a cualquier otro le lleva preparar un sandwich. La casa de Maia y las que cuentan con una persona ajena a la familia son las únicas donde todavía se disfruta la comida casera. Al resto no le ha quedado más remedio que adaptarse a la situación. Por supuesto que nunca faltan los desequilibrados dispuestos a derrochar dos horas cocinando un lomo al champiñón, sin embargo la familia promedio a lo máximo que puede aspirar en la actualidad es a cenar una ensalada. De ahí para abajo.

(Hija)
Ma, ¿qué hay de rico hoy?
(Ma)

Las talibanes del fast food hoy los encontrás haciendo fila para llevar a sus hogares un combo mediano. A esta altura del partido para ver una mesa con zapallitos rellenos tenemos que pensar en un casamiento. Si también le sumamos mantel y velas encendidas ya estamos hablando de recepción oficial en embajada de primer mundo. Y si la anfitriona no es ni más ni menos que Maia, quiere decir que los análisis han salido bien. Que va a estar en este mundo también durante noviembre. Alonso está feliz. Un mes más con Maia son los tres deseos en uno. Y se lo dijo. Después la abrazó y le hizo calesita. Y mientras se mareaban volvió a insistir con el casamiento. El regalo que le está comprando es su forma de pedir disculpas. Se trata de un delfín de acrílico que cambia de color de acuerdo al clima. Si no fuera por gente como Alonso, la industria de los adornos horribles nunca se hubiera convertido en una industria. En su casa conviven cascadas en miniatura con lámparas de caracoles con gatos de plástico que saludan con la mano. Seguramente cuando Maia lo vea tragará un poco de saliva y coincidirá con Alonso de que es bellísimo (sic). En realidad a Alonso no le preocupa lo que Maia diga del regalo sino lo que ya dijo del casamiento. El regalo es una estrategia para volver en el tiempo. Y una vez allí, lograr que Maia recapacite y cambie de opinión. Cualquiera con más de dos dedos de frente se daría cuenta de que está depositando demasiadas expectativas en un delfín de acrílico. Cualquiera con más de tres dedos sabría que un collar de esmeraldas correría la misma suerte. Sea cual sea la reacción de Maia, si es que hay reacción alguna, Alonso no piensa contradecirla. No sería justo. Y negativas al margen, acá hay una buena noticia llamada noviembre. Esta mañana cuando le envió la postal de la estatua de 30 metros de altura de un hombre barbudo, pelo largo y con los brazos abiertos arriba de una loma, tuvo la certeza de que ese señor que tenía pinta de santo lo iba a ayudar con un milagro. Por eso Alonso está feliz, que no es lo mismo que eufórico. Y dale con la idea del casamiento. Maia sabe que Alonso va a intentar hasta el final lo que es imposible desde el principio. Sabe que Alonso es caprichoso pero que esto no es un capricho. (Aunque se parece muchísimo.) Desde un punto de vista estrictamente narrativo, si alguien agarró la historia empezada pensará que se trata de un muchacho empecinado con vestirse de frac. Un insensible al que poco le importa que en un futuro cercano la novia vuelva a la iglesia con los ojos cerrados. Nada más lejos. Primero, Alonso no sabe lo que es un frac. Segundo, si lo supiera no se lo pondría; todo lo que no sea un jogging le pica bastante. Tercero, él solo vive para hacerla feliz, pese a que le sigue haciendo regalos que ella después no sabe dónde esconderlos. Si hay algo que no le sobra a Maia es tiempo. Perderlo buscando un lugar para un delfín de acrílico es tan grave como dejar la canilla abierta en el desierto. El mal gusto de Alonso, uno de los defectos que más la hacen suspirar a Maia, a veces le juega en contra. Siete minutos y todavía no Listo, arriba del televisor. Alonso no tiene nada que ver con las mujeres que se quieren casar a toda costa. Ya lo explicó Maia hace unos renglones, él no lo hace por el tan-tan-ta-taaaan. Para el que no lo entienda, que venga y mire 5 segundos a Maia. Te cura una úlcera. Para esta noche Alonso tiene un programa distinto. La va a llevar a tomar algo a la confitería giratoria que está en el edificio más alto de la ciudad. Al menos ese era el plan hasta que llamó para hacer la reserva, le preguntaron cuál iba a ser su forma de pago, les contestó que él trabajaba en el puerto moviendo contenedores y que si tenían algún contenedor él podía ir… Y hasta ahí llegó porque se cortó la comunicación. Cuando llamó de nuevo le confirmaron que no se había cortado sino que le habían colgado. Maldita confitería. En la época que existían los billetes Alonso no recibía muchos de ellos al final del mes. Era lo que en el mundo capitalista se conoce como pobre. Ahora que cambió el sistema no le va mucho mejor. En su trabajo le reemplazaron el sueldo por cupones que se pueden canjear por distintos bienes y servicios, entre los que no figuran confiterías giratorias. Para completar el fracaso, el oficio de operario de contenedores no tiene mucha demanda fuera del puerto, con lo cual tampoco puede ofrecer sus servicios en parte de pago. La pareja no pasa hambre culpa de Maia, que es inmensamente rica gracias a los cuadros que pinta y a las fortunas que le dan por ellos. A ella le alcanzaría con un garabato en una servilleta para pagar la cuenta y el resto de la confitería, en una clara alusión al gran Pablo Picasso. Pero como Alonso nunca aceptaría tal cosa, la velada giratoria le cede su lugar a la contemplación gratuita de estrellas desde el techo de la linda casa donde viven. En un esfuerzo por inventar constelaciones, Alonso va señalando una a una las estrellas que forman parte de Rinocerus. Estuvo a esto de lograrlo, de no haber sido porque la punta del cuerno resultó ser un avión. Los cazadores de marfiles están por todos lados –esgrimió mientras luchaba palmo a palmo contra la vergüenza en pos de mantener en blanco sus mejillas. Cuando finalmente perdió la batalla Maia lo miró más enamorada que de costumbre. A propósito, ¿cuántos menores de edad están leyendo esto? Entiendo. Bueno entonces ░░░░░ ░░░ ░░░░░░░ ░░ ░░░░░░░░░, ░░░░ ░░░░░. ░ ░░░░░░░░ ░░░ ░░░░░ ░ ░░ ░░░░. ░░ ░░░░: ░░░ ░░░░░░ ░░ ░░░░ ░ ░░░░. ¡░░░ ░░░! ¡¡¡¡¡░░░ ░░░!!!!! La siguiente imagen es Maia despeinada y Alonso al borde de un ataque de asma, ambos acostados en la cama y tapados con las sábanas hasta los hombros.

¿Tenés veneno? Es para un amigo

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Sonny es un peluquero de los de antes. Empezó a cortar cabello a los 18 y nunca más paró. En aquella época todavía no existían las vocaciones, con lo cual las profesiones se definían por mandato familiar, rebeldía o casualidad. A él le tocó la tercera. Tiempo más tarde agregó barbero a su currículum, más por una cuestión de hacerles el favor a sus clientes que por trepar en la escala social. Nunca sucumbió a las modas ni a las tendencias, y el único corte que realiza es el cortito con tijeras. A caballeros únicamente, desde luego. Algo que a simple vista acotó su clientela, haciendo un análisis más profundo te das cuenta que la fidelizó. El mundo y los barrios están repletos de gente que ama lo tradicional. Por eso siempre vimos y vamos a ver salir de su local a señores que parecen que recién les han cortado el pelo y no individuos con un flequillo que va de la nuca hasta las cejas. Quiero decir un flogger. Wenceslao también prefiere lo simple. Todos los días de su vida se viste con remeras blancas desde que 12 años atrás un ataque de polillas le destruyó casi todas sus camisas. Como algunas de esas prendas tenían cierta carga emotiva, la sensación de añorar un pedazo de algodón no le gustó para nada. Por eso tomó la decisión de vestirse para siempre exactamente igual que ayer. Una costumbre que nada tiene que ver con la de Albert Einstein, que hacía lo mismo por falta de tiempo, factor que a Wenceslao le ha sobrado toda su vida. Hoy en día más que nunca. Esto lo llevó a convertirse en el único que no estuvo de acuerdo con reemplazar los trámites por doble clicks de internet. Los otros seres humanos sí salieron a la calle a festejar la noticia, porque ahora que la vida es corta de verdad a costas del meteorito, toda fracción de tiempo que haya dando vueltas tiene valor sentimental. Pero para Wenceslao, formar parte de una fila era la anécdota del día. La oportunidad perfecta para conocer superficialmente a otras personas, hablar con alguien, sentirse escuchado o simplemente ver avanzar la aguja del minutero en un lugar distinto al de su casa. En épocas de sequía burocrática, con tal de esquivar la soledad ha llegado a alegar supuestos errores en una factura. O una línea sin tono, o un canal sin señal, o un robo lo suficientemente menor como para que no involucre movilización de recursos. Ahora que los trámites han desaparecido de la faz de la tierra como desaparecen los sapos en los días de sol, Wenceslao se siente más nulo que de costumbre. Las horas que pasa despierto no es fácil rellenarlas haciendo crucigramas. Ese es un  mito. Con este panorama es entendible verlo adentro de un supermercado acomodando anónimamente los productos que otros clientes dejan arrepentidos en cualquier lugar. Se trata de un hobbie provisorio y sin futuro. Vivimos en una sociedad que no está acostumbrada a que la gente repare gratuitamente los errores del prójimo. Los empleados de seguridad confunden el favor con la actitud sospechosa, ya que para ellos y para el común de la gente, alguien que entra en un supermercado sin intenciones de comprar al menos un kilo de papas tiende a ser, repito, sospechoso.

(Guardia de seguridad)
Señor, no puede permanecer en el local si no va a comprar nada.
(Wenceslao)
Hmmm… Yo no vi ningún cartel que dijera eso….
(Guardia de seguridad, señalando a la pared)

LA CASA SE RESERVA

EL DERECHO DE ADMISIÓN

                                      LA GERENCIA

(Wenceslao)
Hmmm….

Góndola de por medio una señora analiza una lata de arvejas como si se tratase del primer dinosaurio vivo. No comprende la absurda diferencia entre el peso neto y el escurrido. A nadie que le guste vivir le interesa saber cuál es la cantidad de líquido dentro del producto. ¿Para qué sirve entonces? Esta observación claramente no merece ser tratada en la próxima asamblea de la ONU, pero en un blog de bajo perfil no molesta a nadie así que ahí está. La actividad paralela de Sonny consiste en salvar pingüinos empetrolados. Lo de voluntario en conflictos bélicos es una pantalla, porque siempre le dio pudor admitir que un hombre como él ayude a estos indefensos animalitos. Cada tres meses viaja a una reserva y junto a un grupo de optimistas él también se ocupa de reparar errores ajenos. Éste es el último viaje. Al cabo de una breve charla han llegado a la conclusión de que no se justifica limpiarle el petróleo a un pingüino para que después se le caiga encima un meteorito. Un razonamiento parecido también lo han tenido quienes se ocupan de las ballenas, la capa de ozono, los osos pandas, el agua potable. Sé que a muchos les resultará más paradójico que la palabra Cuidacoches, pero esto ya es una realidad: los ecologistas están en extinción. Cuesta encasillar a Sonny como uno de ellos y ahora les voy a explicar por qué. La mayoría de sus colegas cuando devuelve al mar el pingüino al que le ha salvado la vida, se emociona, sonríe o similar. Sonny en cambio aprieta los dientes pensando qué le cuesta a la tragedia poner a Wenceslao en el lugar del pingüino. Poco le importa la lógica o las probabilidades de que un buque choque contra la casa de su enemigo, derrame su combustible y el pobre diablo muera empetrolado antes de que lo rescate algún bombero voluntario. Hablando de Wenceslao, en estos momentos anda con ganas de llamarse Juan. Cree que un nombre difícil no ayuda a socializar. Si te llamás Juan la gente es más proclive a preguntarte cómo andás, qué es de tu vida. Wenceslao le saca las ganas a cualquiera. También se pierden nuevos contactos. En una reunión, a Miguel le van a presentar a Carlos, nunca a Wenceslao. Un Wenceslao interesante es distinto, pero un Wenceslao como del que estamos hablando se va a quedar toda la noche con la mano en el bolsillo. Qué feo es cuando te barren debajo de la alfombra. Además tiene tanta mala suerte que el hombre que más odia en el mundo, o el único para ser más preciso, se llama Sonny. Así cualquiera. Me gustaría saber si con Vladimiro te hubiera sido tan fácil. Encima Sonny con doble ene e y griega, solo falta que sea capicúa. Él, Wenceslao con W. La W en castellano tiene olor a viejo, no sé por qué. Sonny usa bigotes desde antes de la segunda guerra mundial pero tiene nombre de nick. A Wenceslao en cambio siempre lo cacharon con Wenceslao a qué altura. Wenceslao es alguien triste, solitario, con un pasado mediocre, un presente a desgano y un futuro monótono aunque afortunadamente breve. Algunas décadas atrás, su mujer ni siquiera le avisó que lo dejaba. Un día se despertó y ya no estaba, los dos siempre supieron que había sido un error. El hijo de 8 años se quedó con él un par de semanas más. Fue en una estación de tren, hora pico vagón repleto. Wenceslao empuja con el niño de la mano intentando entrar hasta que se cierran las puertas. Wenceslao queda del lado de adentro, su hijo del de afuera. A medida que el tren avanzaba, el niño no atinó a correr ni a llorar. Se quedó ahí parado, con una mirada de despedida sin tristeza. Cuando Wenceslao volvió a la estación, obviamente que ya no estaba. Las lágrimas que bajaban por sus mejillas no hacían más que confirmar que nunca se toca fondo.

Cada mascota es un mundo

(Imágenes del capítulo anterior)
       

¿Qué pasa si se encuentran dos sonámbulos? De todos los grandes misterios que han desvelado a la humanidad, éste es uno de los que menos prensa ha tenido. Torcuato no sabe cómo seguiría el relato si coincidieran en un living a las dos de la madrugada un padre de familia y su hijo de 6 años, ambos en pijama. Chocar no se chocarían porque a pesar de estar dormidos manejan de memoria el tiempo y el espacio, que sino más de uno ya se hubiese suicidado sin querer, especialmente los que duermen en edificios torre. Tal vez, y esto es una mera conjetura, al cruzarse en el mismo estado intercambien sueños. ¿Hay posibilidades de que un adulto sueñe con la inocencia y un niño con un auto descapotable y una rubia al lado? Lo dicho, un misterio. Otro gran misterio disfrazado de marketing es el de los fabricantes que siguen ofreciendo sus productos con garantía. El meteorito ya está en camino, por lo tanto a nadie le importa que le aseguren papel mediante que la licuadora va a seguir funcionando dentro de 15 meses. Torcuato no cuenta con bien material alguno. Solo conserva su traje por una cuestión de modales y también de supervivencia, ya que a la noche refresca un poco. Sin saberlo ni mucho menos quererlo se ha convertido en el primer vagabundo del mundo en usar un traje a medida. Muchos otros visten el que usaban en sus épocas de oficinistas antes de que el destino los sopapeara. También están los que se calzan los que descarta la sociedad cuando ya no le sirven. Pero el de Torcuato fue confeccionado por un sastre, tiene sus iniciales bordadas del lado de adentro, botones exclusivos, lugar para la estilográfica. Yo no sé qué esperan las revistas de vanguardia para hacerle una nota y ponerla en la contratapa. A Daisy le molesta bastante que el meteorito venga justo hacia acá, habiendo tantos otros planetas. Qué le cuesta ir a reventar Saturno. Allá nadie se va a perder la novela ni nada. ¿Saturno es el que tiene los aros alrededor, no? Mejor contra Neptuno entonces, es una pena que se pierda un planeta tan bonito, aunque no sirva para nada. Que se vaya a cualquier lado, pero que no venga a jorobar acá, justo ahora que la estamos pasando tan bien. Daisy no mira noticieros ni lee diarios, por eso no se puede pretender que esté al tanto de que más de la mitad de la población mundial es pobre, tiene dificultad para acceder al agua potable y vive en una vivienda precaria. Lo que deja de ser ignorancia para transformarse en falta de tacto es cuando dice que la gente es pobre porque quiere, que todos podrían ganarse la lotería como ella. Porque una vez es suerte, pero dos es “actitud” –dice Daisy arqueando bien los dedos y mirando de reojo para que nadie pase por alto el sentido de sus comillas. Sus amigas la miran con una mezcla de No puedo creer lo que estás diciendo y Me quedo solamente por los brownies. La reunión volvió a ser amena cuando abarcó un tema menos polémico.

(Daisy, sujetando la taza de té con el meñique previsiblemente hacia afuera)
M I    G A T O    T I E N E    P E S A D I L L A S

Lo dice con un tono demasiado serio, que estaría mucho más acorde con el secuestro de un autobús escolar.

(Amiga sentada a la derecha, cara de :O)
¡¿Pesadillas?! Seguro que es otra del gobierno, yo sabía. Les echan veneno a los ovillos de lana.

Cuando llegan a cierta edad muchas mujeres tienden a buscar conspiraciones en todos lados. Dicen que es porque la rutina le fue ganando espacio a las emociones. Algunos hombres también, pero sin la fuerza suficiente como para transformarse en un cliché.

(Amiga sentada a la izquierda, casi indiferente)
Qué va a tener pesadillas, mujer. ¿Hay más brownies?

Daisy toca la campanita llamando a la mucama, guiñándole el ojo subconscientemente a su amiga. Adora mostrar que tiene mucama y que la llama con una campanita.

(Daisy)
Te digo que son pesadillas. Se despierta todo sobresaltado pobrecito, son pesadillas.

Después de despedirse de Daisy en el portón de entrada, las amigas pasaron por al lado de Torcuato comentando lo de las pesadillas. Las carcajadas de Torcuato hicieron que las dos mujeres se dieran vuelta enseguida. Se detuvieron al menos dos segundos, lo miraron con desprecio y siguieron su camino hacia la parada del colectivo. Torcuato siguió riéndose, ya más tranquilo. Un gato con pesadillas; a quién se le ocurre. Ni que fuera un perro. Para tener una pesadilla primero hay que tener una experiencia, y los gatos no hacen más que ronronear todo el día. Torcuato le habla a su perro sin mirarlo.

(Torcuato)
Creo que este gato tiene de mascota a una señora.

El perro no contesta, desde luego. Torcuato tampoco espera que lo haga. Él es una persona culta, inteligente, consciente de las limitaciones del animal. Eso no quita que el perro le entienda cuando le hable, porque son dos cosas distintas. Y no estamos hablando de que le chifla y el perro le trae las pantuflas. Lo entiende de verdad, como cuando alguien le dice a otro que es probable que llueva y el otro mira al cielo y se da cuenta que sí, que es probable. Daisy, con el oportunismo propio de un personaje de telenovela, se asomó a la vereda en el momento justo en que Torcuato le hablaba a su perro. Tuvo que girar la cabeza una segunda vez para asegurarse de que no se estaba dirigiendo a otro ser humano. Cuando confirmó que efectivamente le estaba hablando al animal, no supo si a) filmarlo y mandarlo a un canal de televisión b) reírse a carcajadas c) llamar al manicomio d) mostrarle a su gato de lo que es capaz un dueño. Le gustan todas, pero ganó la b). En un elegante restaurante que hay a 10 cuadras de allí, un cliente se enfrenta a otro multiple choice gracias a una ensalada mixta cuyo tomate ha sido servido en cuatro pedazos. Uno, dos, tres, cuatro; no como forma de decir. El cliente contempla desde prender fuego el local una vez que hayan escapado los comensales hasta hacerle caso a su mujer y quedarse en el molde, pasando por discutir con el encargado, arrastrar el mantel hasta la cocina, irse del restaurant y quejarse a los gritos. Pedir el plato de vuelta no es una opción, sabiendo perfectamente lo que sucede luego en la cocina. Como era de esperarse en este caso, dadas las circunstancias y teniendo en cuenta la forma de ser de la pareja, le hizo caso a su mujer y se comió la símil ensalada sin más preámbulo. Definitivamente el mundo se divide entre los restaurantes buena onda y los que te sirven la ensalada con el tomate cortado en cuatro. Torcuato para bien o para mal ya no tiene que lidiar con ese tipo de inconvenientes. Su batalla actual es contra las moscas, el ser vivo más molesto del mundo. Ahora que la ducha es parte del pasado, en su entorno se ha desarrollado una comunidad de estos insectos. A diferencia de los pajaritos, que cuando los espantás no vuelven más, a las moscas si no las fajás no hay caso. Torcuato suele competir con su perro para ver quién caza más en un lapso determinado. Por el momento viene ganando el perro, aunque solo es cuestión de tiempo hasta que Torcuato también se anime a usar la boca.

El mar no traga las tormentas, las escupe

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Emma desconfía un poco del fin del mundo. Tiene la sensación de que va a ser un poquito más intenso de lo que parece. Todos dicen que no va a doler, pero también le decían lo mismo cuando era chiquita y te puedo asegurar que le dolía. Ella cree que va a ser un punto intermedio entre gente ardiendo en llamas y palomas blancas bajando del cielo. No es que tenga miedo, que en realidad lo tiene, lo que la angustia es la incertidumbre. Qué bueno sería que venga alguien y dijera “Señores, la masacre va a ser así”. O “Damas y caballeros, esto es más o menos lo que van a sentir”. En cambio en este momento el mundo está metido adentro de un cuarto oscuro esperando que llegue el cachetazo. Ya sabemos de dónde viene, falta averiguar potencia y duración. Claro que si Astor estuviera aquí todo sería distinto. Todo todo no, por supuesto, el meteorito va a venir igual y los va a hacer pelota con las mismas ganas, pero así podría tener a alguien al lado que le agarre la mano cuando llegue el momento. Ya con eso solo el fin del mundo sería un detalle menor. Además del hecho de poder disfrutar los últimos momentos, un rato, tres semanas, dos meses, no importa cuánto, con la persona que elegiría para pasar el resto de sus días, por paradójico que suene. La tormenta que estaba atravesando Astor unos capítulos atrás ha subido de categoría. Ahora es un ciclón. Astor mira el cielo y no puede creer cómo una nube que en algún lado tuvo forma de oveja llegue hasta ahí con la forma de la barrabrava de Chacarita. No solo eso; vienen de a pelotones. El próximo puerto, que hasta hace poco estaba a dos días de distancia, ahora resulta que está a cuatro. Mapamísticamente sigue en el mismo lugar, pero Astor ha tenido que cambiar el rumbo para hacer más segura la navegada. Si bien el camino se hace más largo, entre perder dos días o la vida entera, siempre conviene la primera. En momentos así es cuando los navegantes como Astor, cuya generación aprendió a navegar con GPS, le rezan a San Garmín para que los guíe en el camino. Gracias al progreso, o culpa del progreso, los que llegaban a destino siguiendo las estrellas hoy son una anécdota. Y pronto serán un mito. Cuando Astor le dijo a Emma que estaba partiendo hacia allá en su velero, ella al principio no le creyó. Otra vez la misma historia, pensó. Luego se convenció por la mitad. Otra vez cuento los días, otra vez me pongo a dieta. Finalmente intentó optar por la indiferencia. Otra vez hago que nunca lo conocí. Sucede que extrañar a alguien por segunda vez no es aconsejable en chicas todavía solteras. Lo que no sabía en ese momento, que sí lo supo 48 horas más tarde, fue que su corazón no es boludo. El martes ya estaba una vez más repasando las fotos que le quedaron de testigo. Pero esta vuelta no lo iba a esperar, a pesar de que tenía más ganas de volver a verlo que de respirar abajo del agua. El pacto que hizo con sus sentimientos consiste en alegrarse cuando aparezca por esa puerta sin sufrir en el camino. Cuando hablo de sufrir me refiero a no llorar, no añorar, no rezar. Otras reacciones serán –son, mejor dicho– inevitables. Cada vez que llueve con gotas grandes Emma se muerde los labios. Muere por salir corriendo a llevarle a Astor un paraguas, una toalla o lo que haga falta. Desde luego que las condiciones climáticas no son las mismas en distintos puntos del planeta. Lo llamativo es que ella, independientemente de cuántos rayos haya en el cielo, puede sentir que Astor la está pasando mal, estuviera él enfrente o a miles de kilómetros de distancia. Más llamativo todavía es que ni siquiera son gemelos. Hoy es una de esas veces. Astor tiene un porcentaje importante del océano impregnado en su cara, en su ropa y en su espíritu. Las olas vienen de todos lados. Golpean antes de pasar de un lado a otro del barco, son una monada. La visibilidad no es muy buena tampoco, las 11 de la mañana parecen las 7 y media de la tarde y precisamente por eso el buque mercante apareció en proa como si se tratara de un barco fantasma. Apenas si dio tiempo a maniobrar de un golpe y cambiar el rumbo 90° para evitar el desigual abordaje de un velero de 7 metros de eslora contra un buque de 2.100 toneladas de desplazamiento. En la popa del barco Astor alcanzó a leer el nombre cubierto por un parche de pintura: “Jiang Seng”. Se trata de un carguero sin bandera y, lo que es más grave aún, sin tripulación. Las grandes cantidades de arroz que más tarde encontraron en su bodega hicieron sospechar que seguramente se usó para abastecer de alimentos y combustible a los pesqueros que operaban ilegalmente en aguas territoriales. De su proa cuelga el cable con el que estaba siendo remolcado por un barco de menor tamaño y que seguramente se cortó por el oleaje. El remolcador en cuestión desaparece en el horizonte con un rumbo SSE. Una pena que ya se encuentre lo bastante lejos como para no poder escuchar las puteadas por haber dejado a la deriva semejante peligro aislado y por –en menor medida– no haber colocado en su momento a popa del Jiang Seng la marca bicónica que lo identificaba como buque remolcado. El mar ya viene con demasiados peligros, no hay necesidad de sumarle barcos abandonados. El ciclón a esta altura es pura espuma. Que es lo mismo que decir Fuerza 12 según la Escala de Beaufort. Que es casi lo mismo que estar muerto. En un velero, a diferencia de otros medios de transporte, nadie pregunta cuánto falta para llegar. El viaje es la parte linda, no existen películas para hacer más llevadero el trayecto ni paradores a un costado del camino que inviten a estirar las piernas. Astor coincide plenamente. Salvo hoy, que daría lo que fuese por estar sentado en un ómnibus de larga distancia, por más que le toque pasillo. En este preciso instante y sin necesidad de ser meteorólogo siente que está en el epicentro de la tormenta. Intuición pura. No hay chances de que a 20 millas de ahí la cosa pueda estar peor. Puede estar igual, incluso puede estar mejor, pero peor imposible. Peor ya sería el fin del mundo, y para eso todavía falta. Cada vez menos, eso sí. Cuenta de ello son los discursos, que han pasado a la historia. En su reemplazo se utilizan videos que trasmiten la misma información pero sin necesidad de cautivar a nadie, con lo cual nunca duran más de 3 minutos en lugar de los 45 mínimos habituales. Así ganamos todos. De la mano de los discursos se fueron las elecciones de todo tipo de autoridades. Por común acuerdo aunque en algunos casos no tanto, la civilización ha decidido mantener en sus cargos a aquellos cuyos mandatos expiran en el futuro.

(Ciudadanos post crisis)
¡Que se vayan todos!
(Ciudadanos pre meteorito)
¡Que se queden todos!

No tiene sentido alguno renovar cargos por tan poco tiempo. Y mucho menos lo tiene realizar en este momento campañas al respecto. Es que conociendo la vocación por las promesas que tienen los políticos, todos, ya sea para dirigir un club de barrio o un país primermundista, iban a jurar que tienen un proyecto para salvar al mundo.

Papá es un ídolo. No, mentira

(Imágenes del capítulo anterior)
       

Si un astronauta que volvió a la Tierra después de un largo período en el espacio saliera a dar una vuelta manzana, no se percataría de que se viene el fin del mundo. No hay caravanas de autos tratando de huir hacia un lugar más seguro, entre otras cosas porque no existe un lugar seguro dentro de la Tierra. La gente tampoco va por la calle agarrándose la cabeza, salvo los que se dejaron el horno encendido y están volviendo a casa de urgencia. El único indicio de que el planeta va a dejar de serlo es que se ven más liquidaciones que de costumbre. Después nada más. La paranoia se ha ido diluyendo en el tiempo. Si a vos viene un tigre y te dice que te va a comer más adelante, el primer día te hacés encima, el segundo no salís de tu casa, el tercero mirás para todos lados y después del cuarto te untás en manteca para caerle pesado. La tragedia se está haciendo rogar tanto que el mundo se fue acostumbrando a la idea. Tampoco es que cuando venga el meteorito la gente va a estar haciendo un picnic. Va a haber angustia, seguro, mea culpas, algunas crisis, mucho locutor de radio pidiendo mesura. Lo que no vamos a ver es una histeria generalizada. Según los últimos sondeos, la humanidad va a desaparecer de manera muy madura. Cierto conductor de un programa de TV probablemente va a estar en su casa para cuando suceda, descorchando un buen vino, acompañado de alguna linda señorita que quiera despedirse como corresponde. En fin, va a ser un día como cualquier otro. Cierto conductor de un programa de TV ha tenido la suerte de ser exitoso. Un sibarita como él difícilmente soportaría vivir en un monoambiente comiendo fideos a cotidiano. Él necesita calefacción central. Una mucama bilingüe. Caviar, desde luego. Oro. Viajes. Su mundo es demasiado caro para ser pobre. En ese sentido Boris se parece a su madre. Para tener un buen día él solo necesita estornudar. Y si encima se trata de un estornudo recuperado; de esos que amagan con salir, se echan para atrás y vuelven a salir, la alegría le dura hasta mañana. En el puesto número uno de los mejores consejos que le han dado figura mirar al sol para abrirle la puerta al estornudo. Fue como si a un avestruz le enseñaran a volar. Desde ese día que a Boris lo angustia un poquitín menos la ausencia de un padre. Solo un poquitín. Cierto conductor de un programa de TV no solo está feliz con la ausencia de un hijo sino que detesta que aparezca de la nada uno diciendo ¿Papá? Es que ya ni siquiera se puede tener intimidad. Inmediatamente llamó a la compañía de teléfonos para que quitaran su nombre de la guía. Le respondieron amablemente que el trámite no era necesario, que a partir del año entrante iban a desaparecer las guías, junto con el resto del planeta. No conforme con eso decidió cambiar de número. El problema no eran las guías del futuro sino las que ya estaban impresas. Especialmente la que estaba en manos del chico que decía ser su hijo. Haber tenido un mínimo de diálogo con ese niño es una hipótesis inviable teniendo en cuenta el panorama. Aunque hubiera sido de gran ayuda porque se habría dado cuenta de que Boris no tenía la menor intención de volver a contactarlo. El rechazo de un padre a un hijo es el más cruel de todos los rechazos. Y también el más certero. De existir estadísticas al respecto, serían 10 de cada 10 hijos ninguneados por sus padres difícilmente vuelven a intentarlo. Hablo de hijos pequeños, cuando son más grandes puede haber intereses de por medio y aumenta la perseverancia. Ahora más que nunca Boris estaba convencido de que su madre faltaba a la verdad respecto a la partida de su padre. No por el argumento histórico de la maestra de 3° grado de que el país no entraba en guerra desde muchísimo antes de que él naciera, sino porque las guerras no son para cobardes. Cierto conductor de un programa de TV tiene una nueva razón para creerse un genio. Ha creado una nueva sección para su programa: Tachame Una. Con la llegada del meteorito, y su consecuente catástrofe, las listas de cosas para hacer antes de morir han ganado un protagonismo insólito. Todo el mundo quiere hacer lo que jamás hubiera hecho si no fuera porque un meteorito se les viene encima. Durante el programa de hoy se emite “Marea roja”, en donde una cronista narra los pormenores de un contingente de locos sumergidos en un arrecife infestado de tiburones blancos. Nota del autor: los tiburones blancos son los más malos de todos. Nota de asociación ecologista: los tiburones no son malos, son salvajes. Nota del autor: salvaje es un ciervo. Un tiburón que te arranca una pierna es malo. Las imágenes muestran el arrecife invadido por botes repletos de turistas dispuestos a vivir una experiencia inolvidable. Los grados de equipamiento varían según el poder adquisitivo de cada uno. Mientras los más pudientes se sumergen en jaulas de acero templado con botón anti-pánico incluido, a los de menores recursos apenas les alcanza para unas patas de rana. La euforia se apodera de todos por igual en una escena que evoca la pileta de una colonia de vacaciones en pleno verano. Todo vale a la hora de pegarse un chapuzón con un bichito de éstos. Los que sacaron pasaje de ida llegan hasta el lugar flotando en cámaras de tractor y se tiran de palito abrazados a un sabroso filet de merluza. La nota incluye testimonios de los protagonistas.

(Buceador tiburonero)
Está bueno, porque podés traer a tu suegra y si tenés suerte volver sin ella jajajaja.

Las imágenes han sido editadas para poder ser emitidas durante el horario de protección al menor. Mantuvieron las escenas donde los ocasionales aventureros salen del agua rozagantes por la odisea consumada pero han suprimido aquellas donde los aventureros salen por partes o no salen. La audiencia televisiva, como era de esperarse, recibe la nueva sección con gran júbilo. Boris está preocupado por un depredador de menor tamaño, el mosquito. Lo han picado toda la santa noche y ahora que lo pienso mejor no está preocupado, está indignado. ¿Es que duermen de día? ¿O hacen guardia para picarlo? Claramente no es un combate justo. Los mosquitos deben pensar igual cuando ven venir la mano de alguien que pesa cuarenta mil veces más que ellos. Y hasta me animaría a pensar que organizan manifestaciones de algún tipo cuando los repelemos con ciertos insecticidas. Tal vez esos ataques nocturnos sean su venganza contra los aerosoles. Tal vez ni siquiera se alimentan de sangre, como nos han hecho creer desde siempre, sino que comen frutos silvestres y las picaduras son solo un hobbie. Vaya uno a saber. A Boris le gustaría que el fin de la humanidad llegue unos días después que el de los mosquitos. Así se podría dar el gusto de saber lo que se siente dormir con la ventana abierta.

Haceme una seña

(Imágenes del capítulo anterior)
         

Semana #26: La búsqueda por aire además de costar un huevo no ha arrojado resultados positivos. En realidad, ni siquiera hace falta el plural, porque a Dulcinea con un solo resultado le alcanza. El plan B consiste en recorrer en lancha la mayor cantidad de islitas posible. Son montones, así que no queda más remedio que dejarse llevar por la intuición. Cada islita es un paraíso distinto. Lo que en cualquier parte del mundo sería una excursión increíble, en el mundo de Dulcinea se transforma en una búsqueda desesperada para encontrar a su marido. En cada nueva orilla el grito es siempre el mismo.

(Dulcinea)
¡¡¡Oooliiveeeriooo!!!

Oliverio deja caer el collar de caracoles que estaba armando. No se escucha otra cosa que silencio, sin embargo fue como si lo estuviesen llamando. Si pudiéramos alejarnos lo suficiente podríamos notar que Oliverio y Dulcinea están en lugares completamente distantes. Es imposible que las palabras de Dulcinea hayan llegado a los oídos de Oliverio. De hecho no lo hicieron. Pero él sintió que ahí a la vuelta o al otro lado del mundo, ella lo seguía buscando. Por eso decidió escribir en la playa, con rocas, troncos, en mayúsculas y sin acento ACA ESTOY MI AMOR. En la isla donde está alojada Dulcinea también hay gente esperando en la playa. Al igual que gran parte del mundo, el paso de un cometa llamado Halley mantiene a todos en vilo. A todos menos a Dulcinea, claro. Que le hubiese gustado estar en esa playa de la mano de Oliverio mirando por un telescopio no hay dudas. Y ni eso, porque no tiene reparos en sacrificar la playa y el telescopio y escucharlo por radio con tal de ver brillar a la única estrella de su universo, en lo que seguramente será la frase más cursi de su vida y de toda la humanidad, junto con mi suicidio literario. Semana #33: los agentes que se habían ido a prestar ayuda humanitaria a México por el terremoto ya están de regreso dispuestos a colaborar con la búsqueda. Al fin una buena noticia. La mala apareció unos días después, cuando los mismos agentes se esfumaron nuevamente por la explosión de un reactor nuclear que devastó la ciudad de Chernobyl. Nadie sabe muy bien dónde queda eso en un mapa, aunque por la CH y la Y seguramente se trate de algún lugar donde se tome vodka y se usen sacos con abrigo. Donde salga humito de la boca con cada palabra, sea o no sea invierno. La islita de Oliverio está en la vereda de enfrente. Allí se transpira todo el año. Tanto es así que Oliverio ha convertido la butaca en la que viajaba en una reposera no reclinable. La única contra es que hay que mojarla cada media hora porque levanta temperatura, obviamente no fue diseñada para ser usada al aire libre y tropical. Tampoco para contemplar el horizonte esperando que aparezca algún buque rescatanáufragos, pero nadie en su sano juicio lo va a acusar por uso indebido. Un hombre barbudo, usando un vestido con flores amarillas, sentado en una butaca de avión en una isla desierta mirando el horizonte. Decime si no es gracioso. Semana #40: si la isla fuera un poco más alta, digamos unos cien mil metros, tal vez Oliverio hubiese podido disfrutar el gol que Maradona le acaba de hacer a los ingleses. Capaz que no, capaz que no se ve nada, hay más de un océano de por medio. Habría que subir cien mil metros y ver hasta dónde llega la vista. Lo que seguro no hubiese podido saber, por más escalera que trepe, es si fue con la mano. Esa duda le hubiese quedado hasta que pudiera ver unas cuantas veces la repetición por televisión. Por otro lado, cabe destacar que tuvo suerte en no haber visto el segundo gol. Un hombre en la situación de Oliverio, que se hace torta contra una isla, que no le queda otra que comer plantitas, que anda por ahí vestido de mujer, llega a ver a un tipo gambetearse a medio equipo + el arquero, en un mundial y contra Inglaterra, por lo menos sufre un infarto. Y con tan poco paramédico en las cercanías, yo no sé qué hubiera pasado. Semana #42: de lo que tampoco se enteró es que Argentina salió campeón. Por esas cosas del destino tuvo que estrellarse en una isla desierta y no en Tokio o Nueva York, donde con un llamado telefónico te ponés al día enseguida. Semana #77: la noticia del día es que se ha detectado un agujero en la capa de ozono. La gente promedio está al tanto de “biodegradable”, “estratósfera”, los más leídos llegan hasta un “rayos UV”, pero capa de ozono es un término que no suele traspasar los círculos científicos.

(Señora)
¡¡¡Cachoooo, se cortó el agua!!!
(Señor)
Maldita capa de ozono.

Antes de que se confunda con una nota de color como el paso de un cometa, desde las escuelas y los noticieros explican a la población que a partir de este momento, tomar sol de 12 a 16 puede ser muy perjudicial para la salud. En la letra chica también se habla de derretimiento de los polos y peligro de extinciones. El mundo ya no es un lugar riesgoso para vivir únicamente por los leones y los delincuentes, sino que ahora también hay que cuidarse nada menos que del sol, quien hasta hace poco aparecía de lo más simpático en los dibujos de jardín de infantes. Por favor alguien que le avise a Oliverio, que anda todo el día a la intemperie creyendo que ya pasó lo peor. Semana #96: el planeta Tierra tiene un nuevo número redondo para festejar, 5 mil millones de habitantes. La trivialidad está de parabienes, desde la llegada del año 1900 que no ocurría algo semejante. Lo que nadie sabe es que con Oliverio son 5 mil millones uno. Y nadie lo va a saber tampoco. Quién se va a animar a arruinar la fiesta, sabiendo que para llegar a los 10 mil millones falta una eternidad, porque los siete mil o los 8 mil quinientos no le importan a nadie.